La clavecinista de Música de Regalo, Lissa Burkholder, nos abre la puerta al fascinante mundo de este instrumento con su artículo “El clavecín en su contexto histórico”. Hoy publicamos el primero de sus siete fascículos. El resto aparecerán mensualmente de abril a septiembre.
I. ¿Cómo definir un clavecín?
Una definición tipo diccionario podría ser, por ejemplo (extraída del glosario de la Guía de la música de piano y de clavecín, publicada en francés en París en 1987 [Fayard] y dirigida por François-René de Tranchefort):
«Clavecín: (características técnicas) instrumento compuesto de una caja montada sobre patas, cuyo conjunto adopta la forma aproximada de un ala de ave (de ahí su nombre en alemán: Flügel). En los instrumentos de mayores dimensiones, esta caja alcanza los 2,30 metros de largo por 0,90 de ancho. Las cuerdas metálicas, paralelas al lado más largo, tienen longitudes decrecientes, están tensadas sobre caballetes y fijadas con clavijas. Las vibraciones se transmiten a la tabla armónica. Cuando se toca una tecla (en el gráfico de debajo, el número uno indica la posición en reposo), un plectro de piel dura o de pluma de ave roza la cuerda (el punto azul) al pasar (2 y 3). Cuando el martinete vuelve a caer, un ingenioso dispositivo impide que el plectro vuelva a pinzarla (4)».
Ya tenemos la base técnica de la producción del sonido.
Sin embargo, todo esto suena muy prosaico, mientras que el sonido del clavecín es algo absolutamente poético… Así que, en mi segundo intento de describirlo, recurro a la poesía:
[...] sentía las notas subiendo del suelo
como si la habitación se inundara de
agua cristalina, muy lentamente,
así fluye sobre mis entrañas esta música,
volátil y fugaz como una carrera
en la que vamos pisando estrellas
y éstas se iluminan nota a nota
y van correteando por mi piel y por mi cuerpo,
una plenitud de luna bien redonda
llega al par de cada toque delicado y exacto.
Extracto de Reacciones de una oyente al escuchar el clavicémbalo de Princesa Inca.
Las primeras palabras de su poema son: «Imagino dos manos que, con los dedos, tocan las estrellas, una a una, rápido….», las que ella misma dibujó a la derecha de la ilustración de David Mirás en la que toco mi clavecín (o “clavicémbalo”; un nombre viene del francés, y el otro del italiano) de un solo teclado (ver debajo).
«Imagino dos manos que, con los dedos, tocan las estrellas, una a una, rápido, y estas estrellas relumbran al tocarlas… ».
No se puede decir más a través de las palabras. En realidad, la respuesta se desvela al escuchar el clavecín en directo, desde una distancia media.
Seguirá en abril con el fascículo II, “LOS RUCKERS: los ‘Stradivari’ de la construcción de clavecines”.

