El clavecín en su contexto histórico V

El clavecín en su contexto histórico V

Un mes más os ofrecemos una nueva entrega del artículo “El clave en su contexto histórico” por Lissa Burkholder; las anteriores entregas las podéis consultar en los posts de meses previos.

V: Buenas razones para seguir en Amberes

Me imagino el taller: con ventanas bien situadas para dejar pasar la luz del día, pero no demasiado frío en invierno; el olor penetrante del álamo negro, grandes piezas de madera puestas a secar y secar y secar hasta que estaban lo bastante secas; los troncos especiales de los que se tallaban las teclas, esas largas palancas: sólo de la zona intermedia del tronco, ni demasiado cerca de la corteza ni demasiado cerca del corazón  (la madera es un material vivo que evoluciona… ¡y hasta reacciona!); las mesas armónicas de abeto cuyo grosor sabían variar tan sutilmente los Ruckers-Couchet, uno de sus grandes secretos; el encordado… El mecanismo de doble teclado, introducido por los Ruckers en los instrumentos más grandes en el proceso de montaje… Las rosetas, con  el ángel que toca el arpa como firma y las iniciales del lutier a cada lado del ángel (que los falsificadores trataban de imitar), a punto para adornar las tapas armónicas. Y el cuidadoso cincelado de los diminutos trozos de pluma de ave que hacían sonar las cuerdas… Me imagino un rincón separado por una cortina, barrido y limpio de serrín, lleno de instrumentos acabados y a punto para que los clientes deslizasen  sus dedos por encima.

Hubo pintores (no pintores-cualquiera, ¡sino Peter Paul Rubens!, de la mismísima Jodenstraat; ¡o Jan Brueghel!) que llegaron a decorar la cara interior de la tapa con escenas enteras.

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