Esta es la tercera entrega del artículo “El clavecín en su contexto histórico” de Lissa Burkholder. Para consultar las anteriores entregas ir a los posts de meses anteriores.
III. Los Ruckers y Amberes: el epicentro
Pues bien, estos fabricantes inquietos, inventivos e inspirados, los Ruckers e hijos, fueron ciertamente productivos (los académicos estiman su producción en hasta ochenta instrumentos al año). Pero la situación no siempre era plácida, ni tampoco previsible, ya que aunque en el año 1550 la ciudad de Amberes era «el centro de toda la economía internacional» tuvo que pasar todo tipo de vicisitudes a medida que avanzaba el siglo.
Aquel Amberes era el equivalente de ciudades como Tokio o Nueva York en la actualidad. Se amasaron fortunas con el comercio, inicialmente de la pimienta (en el puerto atracaban barcos portugueses cargados de pimienta y canela) y después con el de la plata y el textil. La también flamenca ciudad de Brujas había perdido su estatus de puerto, al quedar obstruido por los sedimentos arrastrados por el Zwin, y el puerto de Amberes logró la principalidad, situado como estaba en el estuario de un río sujeto a las mareas com es el Escalda. Cientos de barcos pasaban por él cada día, según el enviado veneciano. Con la elevada liquidez de su bolsa, los financieros prestaron dinero al gobierno inglés durante treinta años (del 1544 al 1574), ya que los banqueros londinenses no tenían suficiente peso para operar a esa escala. Se estima que el puerto de Amberes proporcionaba a la corona española siete veces más ingresos que las Américas. La abundancia se notaba en todas partes: aristócratas ricos, mercaderes acomodados … Se gastaba no sólo en las cosas del día a día; también en cuadros, en ropa de fantasía, en música … Y la música, en aquella época, no eran las cadenas estéreo de alta fidelidad, sino INSTRUMENTOS. Analógicos. Y acústicos. Y todo el mundo quería tener un clavecín en casa, y si no era un clavecín, pues un virginal, o quizá ambas cosas. A las hijas se les prohibía trabajar, pero se les permitía estudiar música y tocar aquellos instrumentos adorables. Había demanda, y allí estaban los Ruckers para satisfacer aquella demanda.
La clase de música, de Jan Vermeer
